Es obvio que siempre creí un grave error el traspaso de Torres. Cuando arrancamos nuestra breve pero intensa aventura de tratar de movilizar al aficionado atlético para evitar la salida del que entonces era capitán de la primera plantilla y referente indiscutible del equipo vislumbrábamos lo que hoy es ya para todos una triste realidad: no queda traza de nuestra identidad en el atleti de hoy.
La apuesta de dejar ir a Torres a cambio de un puñado de millones que nos permitiese fichar a un par de jugadores de relumbrón no ha dado ningún resultado. Positivo, al menos. A cambio, hemos descapitalizado al club de su bien más preciado: de su espíritu.
Cuando uno revisa la alineación jornada tras jornada y comprueba que apenas uno o dos jugadores de la casa se asoman a ella de manera muy puntual; cuando la inmensa mayoría de la plantilla mamó siguiendo a River, al Benfica o cualquier otro pero no a los nuestros; cuando hay domingos en los que la única seña con denominación de origen español en el equipo es la banderita de la camiseta; con todo ello, ¿quién puede sorprenderse de que la plantila no sienta como algo especial esa camiseta que visten? ¿quién puede esperar más de ellos que lo que puede esperarse del funcionario que te atiende displicente tras una ventanilla?
Escribo esto mientras veo el Barcelona-Chelsea: Valdés, Puyol, Piqué, Xavi, Iniesta y Bojan. Seis canteranos en el campo en las semifinales de la Champions. ¿Alguien duda del compromiso de ese grupo?
El camino no era vender a Fernando. El camino es tener más Fernandos.